domingo, 5 de septiembre de 2010

Metro

Se abren las puertas desgastadas y roídas. Gente que lucha por salir la primera y dirigirse hacia las escaleras mecánicas que están paradas hasta que unos pies con prisa se coloquen sobre uno de sus peldaños.
Tras salir todos los concursantes de esa especie de carrera para llegar el primero, pueden entrar los invitados. Algunos se retrasan y pasan a pesar de que ya se ha escuchado el sonido precautorio.
Mis ojos buscan un lugar donde acomodar el resto de mi cuerpo. Allí. Acudo corriendo.
Durante el trayecto algunas miradas se entrelazan y otras se giran por tal de evitar contacto alguno.
El reposabrazos desaliñado y pidiendo a gritos una restauración, ahora soporta mi brazo izquierdo.
Me distrae, me sorprende y sobretodo me divierte intentar imaginar la vida de cada persona, qué trayecto sigue, en qué situación se encuentra...
Uno escucha el mp4 y juguetea con su móvil a la espera de algún mensaje o llamada que le saque una sonrisa.
Esa chica se entretiene con los rizos dorados de su pelo a la vez que lee unos folios mecanografiados.
Aquel señor busca un asiento ya que sus piernas débiles y fatigadas ya no aguantan si quisiera su propio peso. Pasa por el lado de un joven de nacionalidad africana que ni se inmuta de las intenciones del jubilado ya que está intentando seducir mediante guiños y sonrisas forzadas a una quinceañera sentada dos asientos más atrás.
Me encamino hacia el otro vagón pasando por un enlace que han hecho entre ambos. Esa zona de anexo en el tren es inestable y me impulsa hacia una señora muy mayor que se sujeta gracias a un bastón. Le pido disculpas educadamente y sigó mi recorrido. Finalmente llegó a la puerta, en ese momento el botón de esta se pone en verde indicando que ya se puede abrir. Fin del trayecto

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